La carrera por la órbita baja ya no se mide solo en satélites lanzados. También se libra en los registros de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, el organismo que coordina el uso global del espectro radioeléctrico y las posiciones orbitales. China ha presentado planes para desplegar más de 200.000 satélites ante la UIT, una cifra que multiplica de forma enorme su flota actual y que ha reabierto el debate sobre el acaparamiento de espectro en un momento de fuerte competencia espacial.
El contraste con SpaceX es llamativo. La compañía de Elon Musk domina físicamente la órbita baja con Starlink, una constelación que ya supera los 10.600 satélites activos según recuentos recientes, y mantiene un ritmo de lanzamientos difícil de igualar gracias a Falcon 9. China, en cambio, cuenta con una presencia orbital mucho menor, pero ha movido ficha en el plano regulatorio con solicitudes que cubren constelaciones de escala masiva.
El asunto va mucho más allá de la conectividad por satélite. La órbita baja se está convirtiendo en una capa crítica para internet, comunicaciones militares, observación terrestre, navegación, inteligencia artificial distribuida, servicios direct-to-cell y resiliencia de infraestructuras. Quien asegure espectro y capacidad orbital tendrá una ventaja en mercados comerciales, pero también en autonomía tecnológica y poder geopolítico.
SpaceX domina el espacio físico; China avanza en el espacio regulatorio
SpaceX ha transformado el mercado espacial con una combinación difícil de replicar: cohetes reutilizables, fabricación seriada de satélites y una cadencia de lanzamientos sostenida. Starlink es hoy la mayor constelación activa del mundo y ha cambiado la forma de entender las redes de órbita baja. Donde antes se hablaba de decenas o cientos de satélites, ahora se habla de miles.
China no parte de cero. Su programa espacial ha crecido con fuerza, y la U.S. Space Force estima que en 2025 realizó 93 lanzamientos y colocó cerca de 370 cargas útiles en órbita. Al cierre de ese año, según esa misma fuente, el país contaba con más de 1.353 satélites en órbita. También ha empezado a desplegar megaconstelaciones propias, como G60 y SatNet, y empresas como Shanghai Yuanxin Satellite Technology, responsable de la constelación Qianfan, están acelerando sus planes.
Aun así, la distancia entre lo que China tiene hoy en órbita y lo que ha registrado ante la UIT es enorme. China Daily informó de solicitudes superiores a 200.000 satélites, repartidas entre más de una docena de constelaciones. Las dos mayores, CTC-1 y CTC-2, incluirían 96.714 satélites cada una y habrían sido presentadas por el Institute of Radio Spectrum Utilization and Technological Innovation.
| Indicador | SpaceX / EE. UU. | China |
|---|---|---|
| Satélites activos Starlink | Más de 10.600 | — |
| Satélites chinos en órbita, según U.S. Space Force | — | Más de 1.353 al cierre de 2025 |
| Lanzamientos chinos en 2025 | — | 93 |
| Cargas útiles chinas lanzadas en 2025 | — | Cerca de 370 |
| Solicitudes ante la UIT | — | Más de 200.000 satélites |
| Estimación máxima citada en algunos análisis | — | Hasta 244.000 slots orbitales |
| Dos mayores constelaciones registradas | — | CTC-1 y CTC-2, con 96.714 satélites cada una |
| Posición actual en órbita baja | Dominio físico mediante Starlink y alta cadencia de lanzamientos | Despliegue todavía menor, pero fuerte avance regulatorio |
| Estrategia principal visible | Lanzamiento y operación real de satélites | Reserva masiva de espectro y posiciones orbitales |
| Ventaja competitiva | Cohetes reutilizables, fabricación en serie y constelación operativa | Planificación estatal, escala industrial potencial y filings ante la UIT |
| Riesgo señalado por analistas | Concentración privada de infraestructura orbital | Posible acaparamiento de espectro o “spectrum squatting” |
| Regla clave de la UIT | Aplicable a constelaciones no geoestacionarias | 10 % desplegado en 9 años, 50 % en 12 años y 100 % en 14 años |
La lectura más favorable para Pekín es que se trata de una planificación a largo plazo. El despliegue de una constelación de órbita baja exige registrar frecuencias, coordinar interferencias, definir parámetros orbitales y reservar capacidad con años de antelación. Presentar expedientes ante la UIT no equivale a tener satélites listos para lanzar.
La lectura crítica es distinta. Algunos analistas ven en estas solicitudes una forma de ocupar espacio regulatorio antes de tener capacidad industrial y de lanzamiento suficiente. Es lo que en el sector se conoce como spectrum warehousing o, de forma más coloquial, spectrum squatting: reservar espectro y recursos orbitales para dificultar el acceso de competidores o ganar tiempo en una carrera que ya está muy tensionada.
Qué permite la UIT y dónde está el problema
La UIT no asigna “parcelas” espaciales como si fueran terrenos, pero sí coordina frecuencias y posiciones orbitales para evitar interferencias perjudiciales. En las constelaciones no geoestacionarias, como las de órbita baja, el proceso es complejo porque los satélites se mueven constantemente y comparten bandas con otros sistemas.
Para evitar que los operadores registren constelaciones gigantescas sin desplegarlas, la UIT aprobó un sistema de hitos. Las constelaciones no geoestacionarias deben desplegar el 10 % de sus satélites dentro de un primer plazo, el 50 % más adelante y el 100 % al final del periodo regulatorio. Si no cumplen, la solicitud debe reducirse para reflejar el despliegue real.
| Hito regulatorio de la UIT | Objetivo |
| Primer hito | Desplegar el 10 % de la constelación |
| Segundo hito | Alcanzar el 50 % |
| Hito final | Completar el 100 % |
| Finalidad | Evitar el acaparamiento de frecuencias y recursos orbitales |
La cuestión es si esas reglas son suficientemente estrictas para constelaciones que ya no se miden en miles, sino en decenas o cientos de miles de satélites. Una solicitud de 200.000 satélites convierte incluso el 10 % en una cifra gigantesca. Desplegar 20.000 satélites ya sería una operación industrial y logística de primera magnitud.
Aquí aparece el choque entre regulación y realidad física. China puede presentar solicitudes de gran escala, pero necesita fábricas, cohetes, plataformas de lanzamiento, estaciones de control, cadenas de suministro, coordinación internacional y capacidad para gestionar tráfico espacial. Su progreso es rápido, pero SpaceX sigue teniendo una ventaja operativa clara en reutilización, cadencia de lanzamiento y experiencia con constelaciones masivas ya desplegadas.
La órbita baja se convierte en infraestructura estratégica
El debate no es solo comercial. La U.S. Space Force advierte de que China y Rusia están desarrollando capacidades espaciales para mejorar su eficacia militar y reducir la dependencia de servicios espaciales estadounidenses. En el caso chino, el documento cita más de 510 satélites con capacidades ISR, es decir, inteligencia, vigilancia y reconocimiento, así como avances en sistemas de inspección orbital, maniobras cercanas, láseres terrestres y posibles capacidades antisatélite.
Esa dimensión militar no significa que cada constelación comercial sea un arma, pero sí explica por qué las grandes potencias tratan la órbita baja como un dominio estratégico. Las redes proliferadas de satélites pueden ofrecer comunicaciones resilientes, observación continua, baja latencia y redundancia. También son difíciles de neutralizar por completo, precisamente porque están formadas por muchos nodos.
SpaceX ha demostrado esa relevancia con Starlink, especialmente por su papel en conectividad de emergencia, comunicaciones móviles, servicios marítimos, aviación y apoyo en escenarios de conflicto. China quiere una alternativa propia y no puede depender de una infraestructura dominada por empresas estadounidenses si aspira a autonomía tecnológica y capacidad global.
A esto se suma un nuevo frente: los satélites para computación de inteligencia artificial. SpaceX ya ha mostrado interés en diseños orbitales capaces de alojar cargas de cómputo de alta potencia, con radiadores, paneles solares desplegables y módulos de procesamiento. La idea todavía plantea muchas preguntas técnicas y económicas, pero apunta a una tendencia clara: el espacio no será solo una red de comunicaciones, también puede convertirse en una capa de computación distribuida.
Europa mira desde una posición incómoda
La batalla entre SpaceX y China deja a Europa en una posición delicada. El continente cuenta con capacidades espaciales, operadores consolidados y proyectos como IRIS², pero no tiene hoy una constelación comercial de órbita baja comparable a Starlink ni una estrategia de escala similar a la china. La dependencia de servicios externos puede convertirse en un problema si la conectividad satelital gana peso en comunicaciones críticas, defensa, transporte, energía o zonas rurales.
Para Europa, el debate sobre el acaparamiento de espectro debería servir de aviso. La regulación internacional puede permitir que actores con gran capacidad política y financiera aseguren posiciones antes de que otros estén listos. Si la respuesta europea llega tarde, el margen para desplegar servicios propios podría estrecharse.
La sostenibilidad espacial también entra en juego. Más satélites significan más maniobras, más riesgo de colisión, más necesidad de seguimiento, más coordinación y más presión sobre la gestión de residuos orbitales. La órbita baja es amplia, pero no infinita. Llenarla de constelaciones gigantescas sin reglas más exigentes puede aumentar el riesgo de incidentes y complicar el acceso seguro al espacio.
La pregunta de fondo es si el sistema internacional actual está preparado para una era de constelaciones de 50.000, 100.000 o 200.000 satélites. Las normas de la UIT nacieron para coordinar espectro y evitar interferencias, no para resolver por sí solas todos los problemas de tráfico espacial, sostenibilidad orbital y concentración de poder tecnológico.
China puede acabar desplegando una parte relevante de lo que ha registrado. Su capacidad industrial ha demostrado en otros sectores una velocidad difícil de infravalorar. Pero también es razonable preguntarse si todas esas solicitudes responden a planes realistas o a una estrategia para asegurar margen regulatorio antes de que la competencia se intensifique aún más.
SpaceX, mientras tanto, mantiene la ventaja más tangible: satélites funcionando, clientes, cohetes reutilizables y una cadena de lanzamiento muy madura. China ha respondido con una jugada de largo alcance en el plano regulatorio. La carrera por la órbita baja ya no consiste únicamente en llegar al espacio, sino en decidir quién tendrá derecho a operar allí, con qué frecuencias y bajo qué reglas.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos satélites quiere registrar China ante la UIT?
China ha presentado planes para más de 200.000 satélites ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones, según información publicada por China Daily a partir de registros de la UIT.
¿Por qué se habla de acaparamiento de espectro?
Porque algunos analistas consideran que registrar constelaciones muy superiores a la capacidad actual de despliegue puede servir para reservar frecuencias y recursos orbitales antes que otros competidores.
¿Cuántos satélites tiene SpaceX en órbita?
Starlink, la constelación de SpaceX, supera ya los 10.600 satélites activos en órbita baja, según recuentos recientes tras sus últimos lanzamientos.
¿Qué papel tiene la UIT en esta carrera?
La UIT coordina el uso internacional de frecuencias y recursos orbitales para evitar interferencias. También establece hitos de despliegue para que las constelaciones registradas avancen de forma real y no queden solo como reservas regulatorias.
Referencias: chinadaily y spaceforce.mil