SpaceX y la soberanía: el riesgo de privatizar la nueva frontera

SpaceX ha cambiado la economía del espacio. Sus cohetes reutilizables han reducido costes, Starlink ha convertido la órbita baja en una infraestructura comercial de conectividad y la compañía se ha colocado en el centro de algunas de las prioridades estratégicas de Estados Unidos y sus aliados. Pero esa misma eficiencia plantea ahora una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando un Estado depende de una empresa privada para acceder a una infraestructura crítica?

Un working paper de Stefano Marcuzzi y Alessio Terzi, publicado por la Bennett School of Public Policy de la Universidad de Cambridge, compara la posición actual de SpaceX con el papel que tuvieron las compañías europeas de las Indias en la expansión colonial de los siglos XVII y XVIII. La comparación no pretende afirmar que SpaceX vaya a gobernar territorios o poblaciones como hicieron aquellas corporaciones. El paralelismo está en otro lugar: la acumulación de poder estructural por parte de empresas que operan en una frontera donde las reglas públicas llegan tarde, son ambiguas o resultan difíciles de aplicar.

El monopolio que nace de la eficiencia

La tesis del estudio parte de un dato económico muy potente. SpaceX no ha alcanzado su posición dominante porque un Estado le haya concedido formalmente un monopolio, como ocurría con las compañías de las Indias. Lo ha hecho porque la tecnología, la integración vertical y la escala han producido un resultado parecido.

La reutilización de cohetes cambió el coste de acceso a la órbita. Según el paper, el coste medio de enviar un kilo a órbita baja cayó desde unos 87.000 dólares en 1960 hasta menos de 4.000 dólares en 2025, una reducción acumulada superior al 95 %. SpaceX fue la empresa que convirtió la reutilización en una ventaja industrial sostenida a partir de Falcon 9.

El siguiente paso fue todavía más decisivo: crear su propia demanda. Starlink necesitaba miles de satélites y cientos de lanzamientos. Esa constelación hizo viable una cadencia de vuelos que otros competidores no podían replicar. En 2025, el 72 % de los lanzamientos de SpaceX se dedicaron a poner en órbita sus propios satélites Starlink, según los datos citados por los autores.

FactorEfecto en SpaceX
Reutilización de cohetesReduce costes y permite más cadencia
StarlinkGenera demanda interna de lanzamientos
Integración verticalControla cohetes, satélites, red y servicios
Aprendizaje operativoCada lanzamiento refuerza la ventaja acumulada
Capital e ingresosFinancia nuevas rondas de innovación
Frecuencias y órbitasAumenta barreras de entrada para rivales

El resultado es una concentración poco habitual incluso en sectores tecnológicos. El estudio sostiene que la cuota de SpaceX en masa global lanzada a órbita pasó de menos del 10 % en 2014 a cerca del 80 % en 2025. En el mercado estadounidense, la cuota alcanzó el 94 % ese mismo año.

Es una cifra que explica la preocupación de fondo. Si una empresa controla el cuello de botella del acceso al espacio, los Estados pueden seguir siendo soberanos en términos formales, pero pierden margen operativo.

Starlink cambia la naturaleza del poder espacial

SpaceX ya no es solo una empresa de lanzamientos. Starlink ha convertido a la compañía en operador de telecomunicaciones orbitales, proveedor de conectividad civil y pieza de apoyo en escenarios militares o de emergencia. Esa capa es la que acerca más el debate a la soberanía.

El estudio recuerda que Starlink se volvió estratégico desde el momento en que fue usado en Ucrania. También subraya que SpaceX y Starshield, su rama orientada a comunicaciones gubernamentales seguras, se han convertido en infraestructuras relevantes para defensa, inteligencia y comunicaciones civiles.

Aquí aparece la idea de poder estructural, tomada de Susan Strange. No se trata solo de obligar a alguien a hacer algo, sino de definir el marco en el que otros tienen que operar. En ese sentido, SpaceX acumula poder en varias capas: producción, porque controla acceso a órbita; conocimiento, porque su cadencia le da datos y aprendizaje que ningún rival iguala; seguridad, porque sus redes se vuelven útiles para gobiernos; y finanzas, porque su posición atrae capital para seguir ampliando la ventaja.

Tipo de poderCómo se refleja en SpaceX
ProducciónControl del acceso a órbita a gran escala
ConocimientoDatos operativos y aprendizaje por cadencia de lanzamientos
SeguridadStarlink y Starshield como infraestructura civil y militar
FinanzasCapacidad de atraer capital por posición dominante
NormasInfluencia práctica sobre estándares y usos del espacio
GeopolíticaPapel en conflictos, comunicaciones y programas estatales

La preocupación no es que SpaceX sustituya al Estado. Es más sutil: que los gobiernos acaben dependiendo de una empresa a la que necesitan, pero a la que no pueden dirigir como si fuera una agencia pública.

El episodio citado por los autores entre Donald Trump y Elon Musk sirve como ejemplo de tensión. Si un Gobierno amenaza contratos y la empresa responde con la posibilidad de retirar una capacidad crítica, queda claro que la relación no es la de un cliente cualquiera con un proveedor cualquiera.

La analogía con la Compañía de las Indias

La comparación con las compañías de las Indias es provocadora, pero útil si se maneja con cuidado. Aquellas empresas fueron creadas por Estados europeos para operar en fronteras donde la autoridad pública era limitada. Tenían fines comerciales, pero también actuaban como instrumentos de poder nacional. Firmaban acuerdos, administraban territorios, imponían reglas y llegaron a desempeñar funciones propias de un Estado.

SpaceX no gobierna poblaciones ni controla territorios coloniales. Los propios autores reconocen esa diferencia. El espacio no tiene poblaciones indígenas ni estructuras políticas previas sobre las que ejercer dominio. Pero la analogía se centra en otra dinámica: empresas privadas que crecen en zonas de ambigüedad legal, acumulan control sobre infraestructuras críticas y terminan condicionando la capacidad de actuación de los Estados.

El Tratado del Espacio Exterior de 1967 fue diseñado para una época en la que la actividad espacial era casi monopolio estatal. Establece principios generales, como la no apropiación nacional de cuerpos celestes, pero no ofrece una maquinaria fuerte para resolver disputas comerciales o regular actividades privadas complejas. Los Artemis Accords intentan actualizar parte de ese marco, pero no son un tratado multilateral universal y no incluyen a China ni Rusia.

Esa falta de reglas cerradas abre espacio para que los primeros actores definan usos, estándares y prácticas. Si una empresa opera antes, aprende antes, despliega antes y fija procedimientos antes, puede influir en la norma de hecho aunque no escriba la ley.

El dilema de los gobiernos

El estudio plantea un problema político difícil. Estados Unidos tiene interés en que SpaceX siga siendo fuerte, porque su ventaja ayuda a competir con China. Pero cuanto más fuerte se vuelve SpaceX, mayor es la dependencia del Estado hacia ella. Regularla demasiado pronto podría frenar una ventaja estratégica. Regularla demasiado tarde puede hacer que el coste de recuperar control sea enorme.

Las compañías de las Indias muestran ese patrón histórico. Los Estados las toleraron y protegieron porque servían a intereses nacionales frente a rivales. Solo intervinieron con fuerza cuando los costes políticos, financieros o militares se hicieron difíciles de soportar. Para entonces, muchas reglas, privilegios y estructuras ya estaban profundamente asentadas.

Ese es el aviso que lanzan Marcuzzi y Terzi: las reformas de gobernanza suelen llegar tarde cuando la dependencia ya se ha consolidado. En el espacio, ese margen temporal puede ser menor. Las órbitas, frecuencias, estándares, zonas de seguridad lunar y acuerdos operativos pueden quedar definidos por los actores que lleguen primero.

Qué puede hacer Europa

Para Europa, la lectura es especialmente incómoda. El continente quiere autonomía estratégica, pero no cuenta con un equivalente a SpaceX. Ariane 6 avanza en un mercado mucho más difícil, y la industria europea debate cómo ganar escala sin crear monopolios internos. El paper menciona el riesgo de que Europa, en su búsqueda de campeones industriales, reproduzca parte del problema que ahora observa en Estados Unidos.

La solución no es fácil. Fragmentar demasiado el sector puede dejar a Europa sin escala para competir. Concentrarlo en exceso puede crear dependencias internas. La lección no es elegir entre mercado o Estado, sino diseñar desde el principio mecanismos de redundancia, supervisión e interoperabilidad.

Posible respuesta públicaObjetivo
Diversificar proveedores de lanzamientoEvitar dependencia de una sola empresa
Usar contratación pública como palancaExigir interoperabilidad, datos y competencia
Mantener capacidades redundantesPagar más a corto plazo para ganar autonomía
Supervisión pública en infraestructuras críticasAsegurar que decisiones clave no sean solo privadas
Coordinación entre aliadosReducir dependencia colectiva de un único proveedor
Marco regulatorio tempranoEvitar que prácticas comerciales se conviertan en norma irreversible

Estados Unidos también puede aplicar parte de estas ideas. El estudio propone medidas como usar la contratación pública para preservar competencia, mantener cierta redundancia en capacidad de lanzamiento, incorporar representación pública en empresas críticas, explorar participaciones minoritarias estratégicas o coordinar compras entre socios de Artemis para sostener alternativas.

No son soluciones sencillas. Todas tienen costes. Pero la alternativa puede ser aceptar que una parte central de la infraestructura espacial dependa de una empresa privada con intereses propios, calendario propio y una capacidad de negociación cada vez mayor.

El espacio como infraestructura crítica

La discusión sobre SpaceX no es solo espacial. También sirve para entender otros sectores donde el Estado depende de empresas tecnológicas privadas: cloud, inteligencia artificial, ciberseguridad, semiconductores, telecomunicaciones o satélites. La misma lógica aparece una y otra vez. Se externaliza una función crítica porque el sector privado innova más rápido. Después, cuando esa función se vuelve esencial, el proveedor ya tiene una posición difícil de sustituir.

La soberanía no consiste en que el Estado fabrique todo por sí mismo. Eso sería inviable. Consiste en no quedar atrapado por una dependencia sin alternativa. En el espacio, ese equilibrio será cada vez más difícil porque la escala premia a quien más lanza, más aprende y más integra.

SpaceX ha hecho algo que pocos gobiernos lograron: abaratar el acceso al espacio y convertirlo en una plataforma comercial real. Ese mérito no desaparece por señalar sus riesgos. La cuestión es precisamente esa: cuanto más útil es una infraestructura, más peligroso resulta depender de un único actor.

La historia de las compañías de las Indias no ofrece una receta exacta, pero sí una advertencia. Las fronteras económicas suelen empezar con innovación, capital y promesa de progreso. Después llegan las reglas, muchas veces cuando los intereses privados ya han moldeado el terreno. El espacio no debería esperar a una crisis para descubrir que su gobernanza quedó escrita por quienes llegaron primero.

Preguntas frecuentes

¿Qué dice el estudio de Cambridge sobre SpaceX?

El working paper sostiene que la concentración de capacidad de lanzamiento en SpaceX crea dependencias estratégicas para los gobiernos y recuerda dinámicas históricas de las compañías europeas de las Indias.

¿Compara literalmente SpaceX con una empresa colonial?

No en todos los aspectos. Los autores reconocen que el espacio no tiene poblaciones indígenas ni territorios gobernados como en la época colonial. La comparación se centra en concentración de poder, ambigüedad legal, dependencia estatal y funciones casi soberanas.

¿Cuánta cuota tiene SpaceX en lanzamientos?

Según los datos citados en el estudio, SpaceX pasó de menos del 10 % de la masa global lanzada a órbita en 2014 a cerca del 80 % en 2025. En Estados Unidos alcanzó el 94 %.

¿Por qué esto afecta a la soberanía?

Porque los gobiernos pueden acabar dependiendo de una empresa privada para acceder al espacio, operar comunicaciones estratégicas, sostener programas lunares o desplegar satélites militares y civiles.

vía: University of Cambridge y Project Syndicate

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