La posible construcción de un nuevo centro de datos de Microsoft cerca de Naas, en el condado irlandés de Kildare, está generando oposición entre residentes por el tamaño del terreno, su proximidad a viviendas y el impacto que este tipo de instalaciones puede tener sobre electricidad, red y recursos locales. El activista climático Nicolò Wojewoda ha anunciado en LinkedIn que se opondrá al proyecto, mientras el debate local llega a un momento decisivo: una parcela de 54,55 hectáreas está reservada exclusivamente para centros de datos y todavía no tiene una solicitud urbanística presentada.
Las claves del centro de datos de Microsoft en Naas en 30 segundos
- Microsoft ha confirmado que prepara un centro de datos en el condado de Kildare, en la zona de Jigginstown.
- La parcela P2 ocupa 54,55 hectáreas y está a unos 130 metros de una zona residencial, según la campaña vecinal.
- El terreno está zonificado exclusivamente para centros de datos, aunque todavía no existe una solicitud de planificación para P2.
- Irlanda ya dedica el 23 % de su electricidad medida a centros de datos.
- El agua también está en el debate, aunque los datos nacionales muestran que los centros de datos representan menos del 0,3 % del agua potable suministrada por Uisce Éireann.
La publicación de Wojewoda pone el foco en una tensión que se repite en distintos países: los centros de datos son infraestructura esencial para la nube y la inteligencia artificial, pero su crecimiento físico tiene costes locales que no siempre aparecen en la factura de los servicios digitales.
En Naas, además, el debate no gira todavía alrededor de una licencia concedida a Microsoft para construir sobre esa parcela concreta. El terreno forma parte del Plan de Área Local de Naas 2021-2027 con una clasificación exclusiva para centros de datos. Microsoft confirmó en 2023 que estaba desarrollando planes para un campus en Jigginstown y en 2024 informó de trabajos de estudio y preparación del diseño.
La diferencia entre suelo reservado, proyecto en preparación y proyecto aprobado es importante.
54,55 hectáreas junto a una zona residencial
La parcela que concentra ahora la oposición vecinal se identifica como P2, en la zona de Jigginstown/Maudlins.
La campaña local señala que ocupa 54,55 hectáreas y que su límite se encuentra aproximadamente a 130 metros de Primrose Gardens. El grupo reclama que el Ayuntamiento de Kildare modifique el plan urbanístico para eliminar la designación exclusiva de ese terreno antes de que llegue una solicitud formal.
La cuestión no es menor desde el punto de vista urbanístico.
Un centro de datos de gran tamaño no funciona como una oficina convencional. Necesita edificios industriales, sistemas de refrigeración, subestaciones eléctricas, grupos de respaldo, carreteras de acceso, sistemas contra incendios y una infraestructura energética capaz de mantener los servidores funcionando de manera continua.
Eso introduce impactos que deben evaluarse antes de aprobar un proyecto concreto: tráfico durante la construcción, ruido, consumo energético, generación de calor, emisiones asociadas a la electricidad utilizada, uso de suelo, agua y efectos sobre las redes locales.
Pero tampoco sería correcto asumir que todos esos impactos tendrán exactamente la misma magnitud en cualquier centro de datos.
Dependen de la tecnología de refrigeración, potencia instalada, diseño energético, fuente de agua, infraestructura existente y condiciones de la red.
Por eso la discusión sobre Naas debería apoyarse en datos del proyecto concreto, no únicamente en estimaciones generales sobre la industria.
Irlanda ya tiene un problema eléctrico de escala nacional
Donde sí existen cifras oficiales contundentes es en el consumo eléctrico.
La Oficina Central de Estadística de Irlanda (CSO) calcula que los centros de datos consumieron 7.663 GWh en 2025, un 10 % más que en 2024. Su participación alcanzó el 23 % de todo el consumo eléctrico medido, frente al 5 % de 2015.
La evolución resulta todavía más llamativa cuando se observa la serie completa.
| Año | Consumo de centros de datos | Porcentaje del consumo medido |
|---|---|---|
| 2015 | 1.240 GWh | 5 % |
| 2020 | 3.030 GWh | 11 % |
| 2022 | 5.273 GWh | 18 % |
| 2024 | 6.973 GWh | 22 % |
| 2025 | 7.663 GWh | 23 % |
Los datos proceden de los contadores conectados a la red eléctrica y abarcan los centros de datos identificados por la CSO. El organismo explica que tuvo que analizar unos 2,6 millones de contadores para identificar aquellos asociados principalmente a esta actividad.
El problema, por tanto, no es que los centros de datos consuman mucha electricidad en términos absolutos. Eso es evidente.
La cuestión es dónde se conectan, qué capacidad de red necesitan y quién asume el coste de ampliar esa infraestructura.
Un centro de datos puede tener una demanda relativamente estable durante las 24 horas del día. Eso es muy diferente de muchos consumidores residenciales, cuyo consumo tiene picos y valles.
Cuando se concentra mucha capacidad informática en una determinada zona, la red local tiene que ser capaz de soportar esa carga además de la demanda existente.
En Irlanda este asunto ha alcanzado una dimensión nacional. La Comisión de Regulación de Servicios Públicos (CRU) ha introducido condiciones para nuevas conexiones de centros de datos, incluyendo requisitos relacionados con nueva generación renovable y capacidad disponible de la red.
Eso no significa que cada nuevo centro de datos provoque automáticamente apagones o aumente las facturas domésticas en la misma proporción.
Sí significa que el coste de oportunidad de la capacidad eléctrica es real y que la expansión de instalaciones intensivas en energía tiene que competir con otros usos de la red.
El agua: un problema real, pero el dato irlandés necesita contexto
La publicación de Wojewoda también habla de centros de datos consumidores de agua y relaciona su expansión con restricciones de consumo durante periodos secos.
Aquí conviene introducir un matiz importante.
Uisce Éireann, la compañía nacional de agua, comunicó en julio de 2026 que los centros de datos representaban menos del 0,3 % de todo el agua potable suministrada por su red. El organismo también señala que los centros no utilizan todos el suministro público: algunos recurren a pozos, recogida de agua de lluvia o almacenamiento propio.
Ese dato contradice una interpretación sencilla según la cual los centros de datos serían actualmente uno de los grandes consumidores nacionales de agua potable en Irlanda.
Pero tampoco elimina el problema.
El consumo de agua puede ser especialmente relevante a escala local y durante episodios de estrés hídrico, cuando importa mucho más dónde se produce la demanda que su porcentaje sobre el total nacional.
Además, no todos los sistemas de refrigeración consumen la misma cantidad de agua. Microsoft afirma que ha reducido cerca de un 90 % su indicador de eficiencia en uso de agua desde sus primeros centros de datos y que trabaja hacia un balance positivo de agua para 2030.
Por eso, antes de aceptar o rechazar un proyecto concreto, sería necesario conocer su consumo de agua previsto, fuente de suministro, tecnología de refrigeración y condiciones de operación durante episodios de sequía.
El debate serio no necesita elegir entre «los centros de datos no consumen agua» y «los centros de datos se están quedando con el agua».
La realidad es más complicada.
El impacto de la IA hace que la discusión llegue en un momento diferente
El debate de Naas también se produce en un momento en el que la demanda de infraestructura informática está cambiando.
Los centros de datos que hace unos años alojaban principalmente almacenamiento, aplicaciones empresariales, páginas web o servicios cloud están incorporando cada vez más aceleradores para inteligencia artificial.
Una GPU de alto rendimiento no tiene las mismas necesidades energéticas que un servidor convencional. Además, las cargas de entrenamiento e inferencia de IA pueden requerir grandes cantidades de potencia informática de forma continua.
Eso convierte el diseño energético en una cuestión cada vez más importante.
Microsoft, Google, Amazon, Meta y otros operadores están ampliando su infraestructura precisamente porque el crecimiento de servicios cloud e IA requiere más capacidad de cómputo.
La consecuencia es una paradoja.
La nube parece invisible para el usuario, pero físicamente necesita suelo, electricidad, fibra, transformadores, refrigeración, agua en determinados diseños y sistemas de respaldo.
Cuanto más crece la demanda digital, más visible se vuelve esa infraestructura.
Naas es un ejemplo concreto de esa tensión.
No todos los argumentos contra un centro de datos tienen el mismo peso
La publicación de Wojewoda plantea una crítica legítima sobre la proximidad de una gran instalación a viviendas y sobre la planificación de suelo para centros de datos.
Pero algunas afirmaciones requieren separar percepción y evidencia.
Por ejemplo, no se puede atribuir directamente a este futuro proyecto un determinado consumo de agua o electricidad mientras no exista una propuesta técnica completa y pública.
Tampoco se puede afirmar que el centro vaya a provocar por sí mismo facturas eléctricas más altas para los vecinos.
Lo que sí está documentado es que los centros de datos ya representan el 23 % del consumo eléctrico medido de Irlanda, que su consumo creció un 10 % en 2025 y que el país está teniendo que establecer condiciones específicas para gestionar nuevas conexiones.
También está documentado que la parcela de 54,55 hectáreas está reservada para centros de datos y que todavía no se ha presentado una solicitud de planificación para ese emplazamiento concreto.
Esos hechos son suficientes para justificar un debate público sin necesidad de exagerar.
La pregunta importante es qué obtiene la comunidad a cambio
La discusión sobre centros de datos suele plantearse como una elección entre tecnología y medio ambiente.
No tiene por qué ser así.
Un centro de datos puede aportar inversión, actividad económica, empleo durante la construcción, puestos especializados y una infraestructura que sostiene servicios digitales utilizados por empresas, administraciones y ciudadanos.
Microsoft, por ejemplo, asegura que su campus de Kildare forma parte de su expansión de infraestructura en Irlanda y que pretende generar beneficios económicos y sociales locales.
Pero las promesas económicas deberían poder compararse con los costes públicos y ambientales reales.
¿Cuánta electricidad utilizará?
¿Qué capacidad de red exigirá?
¿De dónde procederá esa electricidad?
¿Cuánta agua consumirá y durante qué periodos?
¿Qué sistemas de refrigeración utilizará?
¿Cuál será el ruido exterior?
¿Qué generación de respaldo tendrá?
¿Qué infraestructura tendrá que financiar el operador y cuál recaerá sobre las administraciones?
¿Cuántos empleos permanentes generará frente a los empleos temporales de construcción?
Son preguntas mucho más útiles que discutir simplemente si un centro de datos es bueno o malo.
Y adquieren especial importancia cuando el suelo ya está reservado para esa actividad antes de que exista un proyecto concreto.
El caso de Naas anticipa un conflicto que irá a más
La oposición de los vecinos de Naas no significa que Irlanda deba dejar de construir centros de datos.
Tampoco los datos sobre consumo eléctrico permiten concluir que cada nuevo proyecto sea incompatible con la red.
Pero sí muestran que la expansión ya tiene una dimensión suficientemente grande como para exigir decisiones de planificación más rigurosas.
Pasar del 5 % al 23 % del consumo eléctrico medido en una década no es un cambio marginal.
Y una parcela de 54,55 hectáreas junto a una zona residencial tampoco es una decisión urbanística menor.
El caso de Naas plantea, por tanto, una cuestión que irá más allá de Microsoft: qué modelo de desarrollo quiere Irlanda para una industria que necesita cada vez más capacidad física para sostener la economía digital y la inteligencia artificial.
La respuesta no debería consistir ni en conceder automáticamente suelo e infraestructura a los grandes operadores tecnológicos ni en rechazar cualquier nuevo centro de datos por principio.
Debería consistir en exigir información verificable, costes transparentes, límites ambientales, planificación energética y garantías para las comunidades que conviven físicamente con una infraestructura que, para el resto del mundo, permanece prácticamente invisible.