El estrecho de Ormuz siempre ha sido una palabra incómoda para los mercados energéticos. Por ahí pasa una parte esencial del comercio petrolero del Golfo y cualquier tensión militar en la zona suele traducirse en nerviosismo para navieras, aseguradoras y gobiernos. Ahora el riesgo se extiende a una capa menos visible, pero igual de sensible: los cables submarinos de Internet que conectan el Golfo con Asia, Europa y África.
Medios iraníes vinculados a la Guardia Revolucionaria han planteado en los últimos días la posibilidad de cobrar tasas, imponer licencias y exigir control local sobre los cables de fibra óptica que atraviesan la zona. La propuesta fue difundida por Tasnim, agencia considerada cercana al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, y recogida por Iran International. Según esa información, el plan incluiría tres medidas: licencias iniciales y renovaciones anuales para operadores extranjeros, obligación de que tecnológicas como Meta, Amazon o Microsoft operen bajo la ley iraní si usan esa infraestructura, y control exclusivo de mantenimiento y reparación por parte de empresas iraníes.
No hay constancia de que esas ideas se hayan convertido en una norma oficial. De momento forman parte de una ofensiva discursiva en plena crisis regional, pero conviene no despacharlas como simple propaganda. En infraestructuras críticas, las amenazas también tienen valor estratégico: encarecen seguros, complican rutas, retrasan despliegues y obligan a operadores y gobiernos a revisar planes de contingencia.
De cuello de botella energético a punto de presión digital
La importancia de los cables submarinos suele pasar desapercibida hasta que fallan. La Unión Internacional de Telecomunicaciones recuerda que estas infraestructuras transportan alrededor del 99 % del tráfico mundial de Internet y sostienen servicios críticos como comunicaciones financieras, computación en la nube, actividad gubernamental y servicios digitales básicos.
Ormuz no concentra todo el Internet mundial, pero sí es un punto delicado para la conectividad del Golfo. Reuters identificó en abril varios sistemas relevantes en la zona, como Asia-Africa-Europe 1 (AAE-1), FALCON y Gulf Bridge International, además de proyectos en construcción vinculados a operadores regionales. TeleGeography, especializada en cartografía y análisis de cables submarinos, también ha advertido de que el conflicto puede retrasar nuevos despliegues, entre ellos rutas que buscaban esquivar el mar Rojo mediante conexiones por el Golfo.
La cifra de 10 billones de dólares diarios en transacciones que circularían por estos cables, citada por medios iraníes, debe leerse con cautela. Es una estimación utilizada a menudo para describir el valor económico que depende de los cables submarinos en conjunto, no necesariamente una medición verificable del tráfico financiero exacto que pasa por Ormuz cada día. El matiz importa, porque una cosa es señalar la relevancia económica de la infraestructura y otra convertirla en una base fiscal sobre la que reclamar peajes.
El precedente más cercano está en el mar Rojo. En 2024, varios cables dañados provocaron problemas de conectividad y aumento de latencia en zonas de Asia y Oriente Medio. Associated Press informó entonces de afectaciones en sistemas como SMW4, IMEWE y FALCON, con reparaciones complejas por el contexto de seguridad marítima. Ese episodio mostró que el Internet global tiene redundancia, pero no inmunidad: cuando varios cables se ven afectados en una región sensible, el tráfico se reruta, los tiempos de respuesta suben y algunas redes quedan bajo presión.
Qué propone Tasnim y por qué sería difícil aplicarlo
La propuesta difundida por Tasnim plantea una especie de monetización soberana del fondo marino. El argumento iraní se apoya en que los cables discurren por una zona que Teherán considera estratégica y que, según esa lectura, debería generar ingresos para el país. Fars, otro medio iraní asociado a posiciones cercanas al aparato de seguridad, habría publicado además mensajes más duros sobre la posibilidad de interrumpir cables y causar pérdidas económicas, según Iran International y medios que han seguido la cobertura.
| Medida planteada | Qué significaría en la práctica | Riesgo principal |
|---|---|---|
| Licencias y tasas anuales | Cobro a operadores o propietarios extranjeros de cables | Conflicto legal y encarecimiento de rutas |
| Aplicación de ley iraní a tecnológicas | Exigir cumplimiento normativo local a empresas que usan la infraestructura | Choque con jurisdicciones, sanciones y contratos internacionales |
| Mantenimiento solo por empresas iraníes | Control nacional sobre reparación y operación física | Riesgo operativo, retrasos y pérdida de confianza |
| Amenaza de interrupción | Uso de los cables como herramienta de presión | Daños regionales y globales, también para países del Golfo |
La viabilidad jurídica es discutible. La Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar regula los estrechos usados para navegación internacional y reconoce el derecho de paso en tránsito para buques y aeronaves, aunque la cuestión de los cables añade capas técnicas y legales distintas según se trate de aguas territoriales, zona económica exclusiva, plataforma continental o rutas ya instaladas. El punto de fondo es que una tasa unilateral sobre el valor de los datos que circulan por un cable sería muy difícil de encajar en la práctica internacional sin abrir un conflicto diplomático y comercial de gran tamaño.
Además, el impacto no recaería solo sobre grandes tecnológicas estadounidenses. Un corte o una restricción en Ormuz afectaría a bancos, operadores de telecomunicaciones, nubes regionales, gobiernos, hospitales, aerolíneas, comercio electrónico y empresas locales del Golfo. Países como Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin, Kuwait o Arabia Saudí dependen de estas rutas para sostener buena parte de su economía digital. Por eso una amenaza sobre los cables funciona como presión sobre Occidente, pero también como aviso a vecinos árabes que han invertido miles de millones en data centers, cloud e Inteligencia Artificial.
Un riesgo para cloud, finanzas e Inteligencia Artificial
El debate no se limita a la conectividad doméstica. Los cables submarinos son la base física de la nube global. Cada consulta a un servicio alojado fuera del país, cada sincronización entre regiones, cada transacción financiera internacional y cada flujo de datos de empresas multinacionales depende de rutas ópticas con puntos de aterrizaje, estaciones terrestres, permisos y barcos especializados para reparación.
En el Golfo, esta dependencia se ha vuelto aún más visible por el crecimiento de los centros de datos, las regiones cloud y los proyectos de Inteligencia Artificial en Emiratos, Arabia Saudí y Qatar. Si Ormuz se convierte en un punto de presión digital, no solo está en juego el acceso a Internet de usuarios finales. También se complica la promesa de convertir la región en un hub tecnológico entre Asia, África y Europa.
La amenaza tampoco exige necesariamente un sabotaje físico para generar costes. Basta con que aumente la percepción de riesgo para que se retrasen nuevos cables, se encarezcan seguros marítimos, se exijan rutas alternativas o se eleven los costes de mantenimiento. TeleGeography ya apuntaba que las hostilidades en el Golfo podrían retrasar instalaciones previstas y afectar proyectos que buscaban diversificar rutas frente a los problemas del mar Rojo.
La lectura más prudente es que Irán está intentando ampliar el concepto de Ormuz. Ya no lo presenta solo como paso marítimo para petróleo y gas, sino como espacio estratégico donde también circulan datos, pagos y servicios digitales. Reuters informó esta semana de que responsables vinculados a la Guardia Revolucionaria han empezado a describir el estrecho como una zona operativa mucho más amplia que su definición tradicional, lo que encaja con esa voluntad de aumentar presión regional.
Para empresas y gobiernos, el mensaje es claro: la resiliencia digital no puede depender de mapas bonitos con líneas submarinas sin tener en cuenta la geopolítica. La diversificación de rutas, la capacidad de rerutar tráfico, los acuerdos de reparación, la protección física de estaciones de aterrizaje y la coordinación internacional dejan de ser asuntos técnicos secundarios. Son parte de la continuidad del negocio.
Irán quizá no pueda convertir de forma realista los cables de Ormuz en una caja registradora nacional. Pero sí puede convertirlos en una amenaza creíble dentro de una negociación más amplia. En un mundo donde la economía digital viaja por fibras enterradas en el fondo del mar, la geografía vuelve a tener una importancia incómoda.
Preguntas frecuentes
¿Qué quiere hacer Irán con los cables submarinos de Ormuz?
Medios iraníes vinculados a la Guardia Revolucionaria han planteado cobrar licencias y tasas a operadores extranjeros, someter a grandes tecnológicas a la ley iraní y reservar el mantenimiento de los cables a empresas iraníes. Por ahora no consta como una medida oficial aprobada.
¿Por qué son importantes los cables submarinos de Internet?
Porque transportan cerca del 99 % del tráfico internacional de datos. Sostienen comunicaciones financieras, cloud, servicios públicos, comercio electrónico, videollamadas y gran parte de la economía digital global.
¿Qué cables pasan por la zona de Ormuz?
Entre los sistemas relevantes citados en análisis recientes aparecen AAE-1, FALCON y Gulf Bridge International. También hay proyectos regionales y rutas previstas que podrían verse afectadas por la tensión en el Golfo.
¿Puede Irán cortar Internet global si actúa sobre esos cables?
No cortaría todo Internet, porque existen rutas alternativas y capacidad de reruteo. Pero un daño o bloqueo en varios cables del Golfo podría provocar aumento de latencia, congestión, interrupciones regionales y costes importantes para operadores, empresas y gobiernos.
vía: tomshardware