Starlink baja 4.400 satélites a 480 km tras un susto orbital con China y el “efecto embudo” en LEO

La órbita baja terrestre (LEO) se está convirtiendo en el “nuevo espacio aéreo” del siglo XXI: una autopista cada vez más concurrida donde un error de coordinación puede acabar en un incidente serio. Con ese telón de fondo, SpaceX ha decidido mover ficha en su constelación Starlink: durante 2026 rebajará la altitud de unos 4.400 satélites desde los ~550 km hasta ~480 km, con el argumento explícito de “incrementar la seguridad espacial” y reducir el riesgo de colisiones.

La medida llega después de episodios que han elevado la tensión en la gestión del tráfico orbital. En los últimos meses se ha hablado de un casi-choque con un satélite chino y de despliegues de satélites desde China sin una coordinación clara con otros operadores, situaciones que obligan a maniobras preventivas y ponen presión sobre los sistemas de vigilancia y evasión de colisiones.

Por qué bajar de 550 km a 480 km puede reducir el riesgo

A primera vista, bajar la órbita puede sonar contraintuitivo: más cerca de la atmósfera implica más rozamiento y más correcciones. Y es cierto. Pero en seguridad espacial, la clave no es solo “evitar chocar hoy”, sino reducir el tiempo que un satélite averiado o inerte permanece convirtiéndose en un proyectil. A menor altitud, la fricción atmosférica aumenta y la reentrada se acelera: si algo falla, el satélite cae antes y limpia el entorno más rápido.

SpaceX también ha defendido otro argumento práctico: por debajo de 500 km hay, en general, menos densidad de basura catalogada y menos “megaconstelaciones” planificadas que en capas algo más altas. Bajar el “caparazón” (shell) implica operar en una zona con menor presión de tráfico futuro, lo que reduce el número de conjunciones peligrosas que gestionar.

LEO ya no es un “vacío”: el contexto de congestión es real

Para entender por qué un ajuste de 70 km es noticia, basta una cifra: la Agencia Espacial Europea (ESA) estimaba recientemente alrededor de 14.200 satélites operativos en órbita. En este escenario, cada operador depende de dos pilares:

  1. vigilancia espacial (catálogos y predicciones de trayectorias), y
  2. disciplina operativa (avisos, coordinación y maniobras).

El problema es que LEO se ha convertido en infraestructura crítica global. Starlink no es la única constelación en juego: el “apetito” por ocupar órbita con miles de satélites está disparado, con múltiples proyectos públicos y privados compitiendo por frecuencias, planos orbitales y ventanas de lanzamiento.

El coste oculto: más “drag”, más combustible, menos margen

La contrapartida del descenso es clara: a ~480 km el rozamiento atmosférico es mayor. Eso significa más consumo de combustible para mantener la órbita (station-keeping) y, potencialmente, una vida útil algo más limitada si el presupuesto de propelente se agota antes de tiempo. Investigadores citados en China han subrayado precisamente ese punto: a menor altitud, el decaimiento orbital diario es más acusado, y el satélite debe compensarlo de forma continua si quiere permanecer en su “capa” asignada.

Dicho de otro modo: bajar la órbita mejora el “modo degradado” (si algo sale mal, el satélite cae antes), pero encarece el “modo normal” (hay que empujar más para quedarse donde toca). SpaceX parece asumir ese intercambio como parte del precio de operar una constelación masiva en un entorno cada vez más congestionado.

Coordinación: lo importante no es la maniobra, es el protocolo

Un detalle relevante del anuncio es la insistencia en que el movimiento se coordinará con otros operadores, reguladores y el USSPACECOM (el Comando Espacial de EE. UU.). En la práctica, esa frase apunta al verdadero desafío: en LEO no basta con tener capacidad técnica para maniobrar, hace falta gobernanza operativa para que todos sepan qué está haciendo cada cual, cuándo y por qué.

Aquí es donde los “casi-accidentes” pesan mucho. Un acercamiento extremadamente estrecho —en el orden de cientos de metros— no tiene por qué acabar en colisión, pero sí evidencia fricción entre ecosistemas de seguimiento (militar, civil, comercial) y pone el foco en la transparencia y la coordinación internacional.

Qué puede cambiar para el usuario final (latencia, servicio y resiliencia)

Para el cliente de Internet satelital, el titular “bajan la órbita” suena a riesgo. Sin embargo, en términos de rendimiento, operar algo más bajo puede incluso beneficiar la latencia (la señal recorre menos distancia) y mantener una cobertura muy similar si la red está dimensionada para ello. El impacto real suele estar en el plano operacional: más maniobras, más gestión de flota y más exigencia de fiabilidad.

Y aquí aparece una lección interesante, también aplicable a infraestructura digital: la seguridad no es un producto, es un proceso. En cloud, se habla de fault domains, redundancia y “time to recover”. En órbita, la filosofía es parecida: reducir el tiempo que un fallo puede convertirse en un problema sistémico. Bajar a 480 km no elimina el riesgo, pero acorta la ventana en la que un satélite muerto puede ser un peligro para todos.


Preguntas frecuentes

¿Por qué bajar la órbita reduce el riesgo de colisión?
Porque aumenta la fricción atmosférica: si un satélite pierde control, tiende a reentrar antes. Además, SpaceX argumenta que por debajo de 500 km hay menos presión de tráfico y escombros que en capas superiores.

¿Esto hará que Starlink sea más rápido?
El descenso puede recortar ligeramente la latencia por la menor distancia, pero el efecto principal es operativo (seguridad y gestión de flota).

¿Cuál es el “precio” técnico de operar a 480 km?
Más rozamiento implica más correcciones de órbita y mayor consumo de propelente, lo que puede afectar al ciclo de vida si el satélite necesita gastar más para mantenerse en su capa.

¿Quién coordina estas maniobras a escala global?
SpaceX menciona coordinación con operadores, reguladores y USSPACECOM, que es una pieza clave en el ecosistema de vigilancia y gestión de conjunciones en LEO.

vía: scmp

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