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Opinión | Computación cuántica: ¿estamos preparados para el mayor salto tecnológico de nuestra era?

Por mucho que avance la tecnología, si la sociedad no evoluciona con ella, el cambio será tan disruptivo como peligroso.

La computación cuántica es una promesa fascinante. Una revolución silenciosa que avanza, aún en laboratorios y centros de investigación, pero que en pocos años podría alterar de forma radical la manera en que concebimos el conocimiento, la seguridad, la economía e incluso la ciencia.

No se trata de una evolución más, como lo fue el paso del fax al correo electrónico o del disco duro al almacenamiento en la nube. No. Estamos hablando de una ruptura total con la lógica binaria sobre la que se ha construido todo nuestro mundo digital. Y lo más inquietante no es si lo lograremos —porque lo lograremos— sino si estaremos listos para lo que viene después.

El poder de los cúbits

A diferencia de los ordenadores actuales, que procesan información en ceros y unos, la computación cuántica se apoya en los cúbits, que pueden estar en múltiples estados simultáneamente gracias a principios como la superposición y el entrelazamiento. ¿El resultado? Máquinas capaces de calcular en segundos lo que hoy tardaría miles de años. Modelar nuevas moléculas, optimizar redes logísticas globales o simular la física cuántica real del universo dejarán de ser imposibles.

¿Impresionante? Sin duda. ¿Peligroso? También.

Un arma de doble filo

El mismo ordenador cuántico que puede curar enfermedades incurables puede también romper los sistemas de cifrado que protegen los datos de gobiernos, bancos y ciudadanos de todo el mundo. Gran parte de nuestra ciberseguridad moderna está basada en problemas matemáticos difíciles de resolver… para los ordenadores clásicos. Pero los cuánticos jugarán en otra liga. Esto obliga a una carrera paralela por desarrollar criptografía resistente a la computación cuántica, y no estamos seguros de ir por delante.

Además, el acceso desigual a esta tecnología puede acentuar aún más la brecha tecnológica global. Si solo unos pocos países o empresas controlan ordenadores cuánticos operativos, el poder económico y político podría concentrarse aún más, erosionando la soberanía tecnológica de muchas naciones.

¿Estamos listos para un salto así?

La respuesta corta es no. Ni desde el punto de vista educativo, ni regulatorio, ni filosófico. Pocos gobiernos han comenzado a legislar sobre los usos éticos de la computación cuántica. Las universidades apenas están incorporando programas completos en esta disciplina. Y la mayoría de la sociedad ni siquiera es consciente de lo que se avecina.

Necesitamos prepararnos ya. Formar nuevos perfiles profesionales, revisar los marcos legales de propiedad intelectual, reforzar la cooperación internacional y anticipar sus impactos económicos. Pero también debemos preguntarnos por los efectos más sutiles: ¿qué pasa si la inteligencia artificial cuántica se vuelve autónoma? ¿Cómo cambia nuestra concepción del tiempo o del azar cuando podemos simular el futuro con una precisión sin precedentes?

Adaptación o disrupción

La historia nos ha enseñado que toda gran revolución tecnológica cambia el mundo más rápido de lo que las personas, las empresas o los gobiernos pueden asimilar. Ocurrió con la imprenta, con la electricidad, con internet. La computación cuántica no será diferente, pero sus efectos sí podrían ser más profundos y menos reversibles.

No es momento de temer, sino de actuar con visión. Invertir en investigación, educar a la sociedad, diseñar tecnologías inclusivas y seguras. Porque, al final, la pregunta no es si la computación cuántica llegará, sino si nosotros estaremos preparados para vivir en el mundo que dejará tras de sí.