Bajo el mar se decide buena parte del poder digital del siglo XXI. Más del 99 % de los flujos internacionales de datos viajan por cables submarinos, no por satélites, y esa infraestructura —tan silenciosa como crítica— determina qué rutas son rápidas, cuáles son resilientes y, sobre todo, quién depende de quién cuando hay una crisis.
En ese tablero, Chile acaba de mover ficha con el proyecto Humboldt, un cable trans-Pacífico que conectará Sudamérica con Oceanía y Asia-Pacífico por una ruta inédita en el Pacífico Sur. El acuerdo entre Google y Desarrollo País busca desplegar un trazado de unos 14.800 kilómetros con llegada prevista a operación comercial en 2027, con Valparaíso como punto de amarre y escalas intermedias como la Polinesia Francesa en algunos diseños comunicados. La ambición es clara: convertir a Chile en una puerta digital hacia Asia-Pacífico, reduciendo la dependencia histórica de rutas que tradicionalmente han “subido” hacia Estados Unidos antes de cruzar el océano.
Pero si el Humboldt representa un salto estratégico, deja sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿basta con abrir un nuevo corredor o hace falta rediseñar la arquitectura completa de conectividad del sur global?
El “anillo” del hemisferio sur, más allá de la latencia
Hablar de “cerrar el anillo digital del hemisferio sur” no es una metáfora caprichosa. La concentración de rutas de alto tráfico en el hemisferio norte —y, especialmente, en algunos pasos y zonas de alto riesgo— tiene implicaciones que van más allá de los milisegundos de latencia. La seguridad física de los cables, los cuellos de botella geopolíticos y la capacidad de desviar tráfico cuando hay cortes o tensiones diplomáticas pesan cada vez más. Incidentes recientes en zonas estratégicas como el mar Rojo han vuelto a recordar que una avería —accidental o no— puede degradar conectividad en múltiples países y obligar a enrutar por caminos más largos y caros.
En ese contexto, diversificar rutas es resiliencia sistémica. Y la resiliencia, en infraestructura digital, es poder de decisión: la posibilidad de mantener servicios, economía y comunicaciones incluso cuando un corredor principal se vuelve frágil.
Lo que ya existe… y lo que no
El hemisferio sur no parte de cero. En el Atlántico Sur, por ejemplo, el South Atlantic Cable System (SACS) une Brasil (Fortaleza) con Angola (Luanda) con una capacidad de diseño anunciada de 40 Tbps, habilitando conectividad directa entre Sudamérica y África sin pasar necesariamente por Europa o Norteamérica. En África, además, sistemas como Equiano han reforzado la costa atlántica conectando Portugal con Sudáfrica y varios puntos intermedios.
El problema es que estas piezas, por sí solas, no “cierran” un circuito sur-sur robusto que una Pacífico Sur (Chile) con África austral (Sudáfrica) sin depender de corredores del norte o de tramos terrestres expuestos a otros riesgos. Hoy, gran parte del tráfico entre Sudamérica, África y Asia termina “subiendo” —por diseño de interconexiones y economía de tránsito— hacia nodos y acuerdos dominados por el hemisferio norte.
Y aquí aparece la pieza que falta: un cable submarino dedicado entre el extremo sur de Chile y Sudáfrica.
Por qué un enlace Chile–Sudáfrica cambia el tablero
Un eje Chile–Sudáfrica no sería un capricho técnico, sino una decisión de arquitectura geopolítica con varias lecturas:
- Ruta directa sur-sur: habilitaría un corredor más natural entre América Latina, África austral y, por extensión, Asia a través de los enlaces ya existentes desde Sudáfrica hacia el Índico.
- Menos concentración de riesgo: reduciría la exposición a puntos calientes del hemisferio norte y a rutas donde se concentra gran parte del tránsito global.
- Redundancia real para contingencias: un “anillo” funciona cuando los desvíos de tráfico mantienen capacidad y SLA comparables. Si la alternativa es un mosaico de tramos con perfiles de riesgo distintos, la red puede seguir “viva”, pero no necesariamente estable bajo estrés.
- Chile como nodo estructural: Humboldt pretende posicionar a Chile como hub hacia Asia-Pacífico; sumar un enlace hacia África austral lo convertiría también en un pivote para rutas intercontinentales del sur.
“¿Y no vale con cruzar los Andes por fibra terrestre?”
Es el contraargumento habitual: conectar Chile con el Atlántico vía enlaces terrestres y desde ahí engancharse a cables como SACS. Funciona “en teoría”, pero es una solución distinta a un backbone submarino dedicado. La infraestructura terrestre transcordillerana tiene condicionantes operacionales y geográficos propios y, sobre todo, no fue concebida como un corredor intercontinental homogéneo de alta resiliencia y gran capacidad. Para hablar de “anillo” con garantías, la continuidad submarina —en capacidad, redundancia y acuerdos de operación— marca la diferencia.
Tabla rápida: cómo cambiaría el enrutamiento (en términos prácticos)
| Conexión intercontinental | Ruta típica hoy (simplificada) | Riesgo/limitación frecuente | Con un cable Chile–Sudáfrica |
|---|---|---|---|
| Chile ↔ Oceanía/Asia-Pacífico | Vía rutas hacia EE. UU. + Pacífico Norte | Dependencia de nodos del norte | Ruta directa por Humboldt |
| Sudamérica ↔ África | A menudo vía Europa/Norteamérica (según peering) | Caminos más largos y caros | Ruta directa por SACS (ya existe) |
| Chile ↔ África austral | Mezcla de terrestre + Atlántico / o vía Europa/EE. UU. | Heterogeneidad de tramos y dependencias | Ruta submarina directa sur-sur |
| LatAm ↔ África ↔ Asia (sur global) | Corredores del norte muy presentes | Concentración de riesgo | Circuito más diversificado en el sur |
Soberanía digital sin aislamiento
La soberanía digital no significa cerrar fronteras de datos, sino ganar margen de maniobra: decidir cómo se enruta, dónde se aloja y cómo se protege la conectividad crítica. Un cable Chile–Sudáfrica sería, sobre todo, una apuesta por redundancia estratégica: menos dependencia de rutas históricas y más opciones cuando el mapa se complica.
Chile tiene geografía. Con Humboldt, empieza a tener también una palanca de infraestructura. El salto siguiente —si el objetivo es “hablar en serio” de integración sur-sur— exigiría visión regional, financiación y acuerdos que miren más allá del retorno inmediato. Porque, en 2026, la influencia estructural también se mide por la posición en las rutas globales de datos.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el cable Humboldt y por qué es relevante para Chile?
Es un proyecto de cable submarino trans-Pacífico impulsado por Google y Desarrollo País para conectar Chile con Oceanía/Asia-Pacífico por una ruta directa en el Pacífico Sur, con operación prevista para 2027. Su relevancia está en diversificar rutas y posicionar a Chile como hub digital regional.
¿Existe hoy un cable submarino directo entre Sudamérica y África?
Sí. El SACS conecta Brasil (Fortaleza) con Angola (Luanda) y fue diseñado para habilitar conectividad directa entre ambos continentes, reduciendo dependencia de rutas vía Europa o Norteamérica.
¿Por qué un cable Chile–Sudáfrica sería diferente a conectar por fibra terrestre hasta el Atlántico?
Porque un enlace submarino dedicado puede ofrecer una continuidad más homogénea en capacidad y acuerdos de operación para tráfico intercontinental, mientras que la opción terrestre suele combinar tramos con riesgos y condicionantes distintos, complicando una “redundancia equivalente” a gran escala.
¿Qué beneficios tendría un “anillo digital” del hemisferio sur para empresas y administraciones?
Mayor resiliencia ante cortes o tensiones geopolíticas, más alternativas de enrutamiento, potencial reducción de latencia en ciertos flujos sur-sur y mejores opciones para estrategias de soberanía digital y continuidad de negocio.
vía: LinkedIN