Durante años, la expansión de los centros de datos siguió un guion bastante predecible: se elegía ubicación, se levantaba la nave, se pedía capacidad a la eléctrica… y se esperaba. Ese último paso —la conexión a red— se ha convertido en el cuello de botella que está reescribiendo el mapa energético del sector. En Estados Unidos, cada vez más promotores están optando por una vía alternativa: construir generación propia “detrás del contador” (behind-the-meter, BTM) y operar, en la práctica, como si fueran “off-grid” (aunque muchos mantengan interconexión parcial o respaldo).
Los números que circulan en el sector ya no son anecdóticos. Según el seguimiento de proyectos de Cleanview, en 2025 se anunciaron 48 GW de proyectos BTM asociados a centros de datos, y aproximadamente el 33 % de la nueva capacidad planificada se espera que provenga de este enfoque. A finales de 2024, el volumen en esa categoría era inferior a 2 GW.
Qué significa “behind-the-meter” y por qué está explotando ahora
BTM, traducido a lenguaje llano, implica que el centro de datos no espera a que la red eléctrica le “haga hueco”: se asegura la energía en el propio emplazamiento —con gas, renovables, baterías o combinaciones— y ejecuta su operación con una dependencia menor (o nula) del suministro tradicional.
El detonante principal es el tiempo. Conectar un gran centro de datos a la red puede demorarse años por colas de interconexión, refuerzos de subestaciones, permisos y ampliaciones de transmisión. En ese contexto, el BTM se presenta como un atajo: si el negocio depende de llegar antes que el competidor, una obra energética propia puede ser la diferencia entre abrir en menos de 2 años o quedarse atrapado en plazos cercanos a los 7.
En paralelo, la demanda eléctrica asociada a la IA ha cambiado la escala del problema. Ya no se trata solo de crecer “un poco” cada año: se habla de campus masivos, de cargas continuas, de picos y de expansión acelerada. Con ese ritmo, la red —y especialmente su burocracia— deja de ser un simple proveedor y pasa a ser una restricción estratégica.
El dato incómodo: la salida rápida se llama gas
En teoría, el modelo BTM podría impulsar renovables + almacenamiento y acelerar la descarbonización. En la práctica, la urgencia está empujando hacia lo despachable y lo disponible: el gas natural. El seguimiento sectorial apunta a que el 72 % de los proyectos BTM anunciados se apoya en gas.
El motivo es pragmático: un centro de datos no compra solo “kilovatios hora”, compra continuidad. Y el gas, con turbinas o generadores, ofrece una respuesta inmediata a una demanda 24×7 sin depender de meteorología. La paradoja es evidente: se “acorta” el tiempo de despliegue, pero se abre un frente ambiental y reputacional que puede perseguir al proyecto durante décadas.
Homer City: del carbón al gas para alimentar la era de la IA
El ejemplo que ha encendido más alarmas es el de Homer City, en Pennsylvania: una antigua central de carbón retirada que se reconvertirá en un campus de centros de datos alimentado por una gran planta de gas. Los planes divulgados sitúan la potencia en torno a 4,5 GW, con una inversión anunciada de unos 10.000 millones de dólares y el inicio de obras en 2025 para empezar a generar en 2027.
Este tipo de desarrollos tiene un efecto inmediato: desbloquea capacidad en un plazo que la red no puede igualar. Pero también concentra emisiones y convierte el debate energético en un problema local: licencias, calidad del aire, agua, ruido, aceptación social… y, sobre todo, la pregunta de si la infraestructura digital debe crecer “por atajo” o por planificación.
Un patrón que se repite: microredes para acelerar campus de IA
El fenómeno no se limita a un caso aislado. En Texas, por ejemplo, ha trascendido el enfoque de alimentar nuevos complejos de IA con microredes de generadores de gas para evitar retrasos de conexión a red, con el objetivo de acelerar la puesta en marcha.
La lógica es la misma: la red no llega a tiempo, el proyecto no puede esperar. Y cuando la industria empieza a normalizar este camino, lo que antes parecía excepcional —“un centro de datos con su propia central”— pasa a convertirse en una opción de diseño.
Qué puede pasar cuando la “IA” se llene de infraestructura… y la infraestructura se llene de generación propia
Si el BTM se consolida, habrá consecuencias que van más allá del debate climático:
- Planificación eléctrica más difícil: si grandes cargas se desconectan parcialmente de la red, a las utilities les cuesta prever demanda futura y justificar inversiones en transmisión y subestaciones. El sistema entra en una especie de círculo vicioso: la red va tarde, más actores se salen de la red.
- Riesgo de “archipiélagos energéticos”: campus con capacidad propia, gobernados por lógica privada, que priorizan su disponibilidad antes que la eficiencia sistémica. Esto puede mejorar resiliencia local del centro de datos, pero no necesariamente la del sistema eléctrico en su conjunto.
- Nueva tensión regulatoria: ¿cómo se contabilizan emisiones si el consumo no pasa por la red? ¿Cómo se supervisa la calidad del aire? ¿Qué ocurre si una microred quiere vender excedentes? Cada respuesta abre un marco legal distinto.
- Competencia por equipamiento: turbinas, generadores, transformadores, interruptores, baterías… La electrificación de la IA también es una carrera industrial, y puede tensionar cadenas de suministro.
La salida: abaratar el almacenamiento y acelerar la red (a la vez)
La conclusión que empieza a imponerse en el sector no es especialmente romántica: la velocidad de conexión está pesando más que el origen del mix. Y eso coloca el almacenamiento (BESS) en el centro del tablero: si baterías y gestión avanzada permiten operar con renovables una mayor parte del tiempo, el gas podría quedar como respaldo real y no como base.
Pero hay otra lectura igual de importante: el auge del BTM es un síntoma de que la red necesita reformas urgentes —permisos, interconexión, inversión en transmisión y mecanismos para desplegar capacidad con plazos compatibles con el ciclo tecnológico—. Si no se corrige, la “solución” será que cada cual construya su propio sistema.
Al final, la pregunta no es si habrá más centros de datos: los habrá. La cuestión es qué tipo de sistema energético se construirá alrededor de ellos: uno integrado, planificado y con métricas compartidas, o un mosaico de islas aceleradas donde el gas se convierte en el comodín de la prisa.