Las redes sociales ya no compiten por conectar: compiten por saber más de ti

Durante años, las redes sociales se presentaron como la gran infraestructura de la conversación digital: un lugar para mantener el contacto, descubrir información y participar en comunidades. En 2026, esa promesa convive con otra realidad mucho más tangible: buena parte del modelo está construido para medir, perfilar y optimizar lo que hacemos —y lo que probablemente haremos— con fines comerciales.

El juicio que estos días se está siguiendo en Estados Unidos sobre el diseño adictivo de algunas plataformas y su impacto en la salud mental juvenil llega en un momento en el que la discusión ya no es solo “qué contenido circula”, sino cómo se fabrica el comportamiento que mantiene la rueda girando: notificaciones, scroll infinito, recomendaciones y un sistema de incentivos que premia la reacción rápida por encima de la reflexión.

Cuando el “servicio” es la recopilación de datos

La clave para entender el fenómeno es sencilla: la publicidad moderna ya no se basa solo en mostrar anuncios, sino en acertar a quién, cuándo y con qué mensaje. Y para acertar, hace falta información.

Ahí es donde entra la extracción de datos. Un índice comparativo publicado por IT Asset Management Group ilustra bien el tipo de recopilación que se normaliza en el móvil. En su ranking de apps “más invasivas”, Instagram y Facebook aparecen empatadas en el primer puesto: 32 tipos de datos recopilados, 25 vinculados al usuario y 7 vinculados y rastreados, con una puntuación de 61,47/100.

No es una discusión abstracta sobre “privacidad” en general: son categorías concretas que ayudan a entender el alcance de la instrumentación que se integra en el día a día digital.

No es solo cuánto se recoge, sino cómo se utiliza

La tabla muestra, además, un matiz relevante: hay diferencia entre datos “vinculados al usuario” y datos “vinculados y rastreados”. En el mismo ranking, Threads figura con 32 tipos de datos recopilados y 32 vinculados al usuario, pero 0 vinculados y rastreados, con 54,53/100. Lo mismo ocurre con Meta Business Suite y Messenger (idénticos valores y puntuación).

Por contraste, otras apps del listado combinan menos “vinculación” directa pero más “rastreo”: Grab aparece con 27 tipos de datos, 8 vinculados y 15 vinculados y rastreados ( 55,57/100 ). En el tramo final del top 10, Nordstrom Rack recoge 22 tipos, con 4 vinculados y 18 vinculados y rastreados ( 53,62/100 ); Nordstrom, 22, con 5 y 17 ( 52,54/100 ); y Pinterest, 29, con 22 y 6 ( 50,06/100 ).

La conclusión no es que “todas sean iguales”, sino que el ecosistema se ha vuelto extraordinariamente sofisticado en dos frentes: identificar (ligar datos a una persona) y seguir (cruzar señales para inferir hábitos, intereses y propensión a actuar).

La economía de la atención: lo que se premia se multiplica

Una vez el producto se vuelve medible, el siguiente paso es optimizarlo. Y ahí aparece el problema que hoy preocupa a familias, educadores y reguladores: si el sistema gana dinero cuando pasas más tiempo dentro, el algoritmo tenderá a priorizar lo que te retiene.

Eso no significa necesariamente “contenido malo”, pero sí contenido con alta capacidad de enganche: polémica, emocionalidad, indignación, miedo, comparación social y estímulos cortos que invitan a la repetición. En adolescentes —una etapa especialmente sensible a la aceptación social y a la autoimagen— esa dinámica puede amplificar inseguridades y reforzar hábitos poco saludables.

Por eso el debate sobre diseño adictivo no es accesorio. No se reduce a “usar menos el móvil”: es una discusión sobre arquitectura de producto y sobre qué ocurre cuando esa arquitectura se despliega a escala de cientos de millones de personas.

¿Se pueden “arreglar” las redes sociales?

Aquí la discusión se divide en dos caminos, y ambos están sobre la mesa:

  1. Reformas y límites al modelo actual. Más transparencia, restricciones al rastreo, controles más estrictos en menores, auditorías externas, límites a la personalización basada en perfiles y obligación de explicar cómo se decide qué ve cada usuario.
  2. Cambio de incentivos. Si el negocio depende de perfilar y retener, los cambios cosméticos se quedan cortos. La alternativa pasa por modelos donde la rentabilidad no se base en la vigilancia: suscripciones, versiones de pago sin rastreo, interoperabilidad real o redes más pequeñas con gobernanza distinta.

Ninguna solución es inmediata, pero hay una idea clara: si los incentivos no cambian, el diseño tenderá a volver al mismo sitio.

Qué puede hacer un usuario hoy, sin convertirse en experto

Para un medio tech generalista, lo útil es bajar esto a decisiones prácticas:

  • Revisar permisos y limitar lo que no sea imprescindible (ubicación, contactos, seguimiento entre apps).
  • Reducir la personalización (historial, actividad fuera de la plataforma, “anuncios basados en intereses”).
  • Separar usos: una app para mensajería, otra para entretenimiento, y evitar que una sola plataforma lo absorba todo.
  • En menores, priorizar control del tiempo y del tipo de contenido (no solo “bloquear”, sino acompañar y entender qué consumen).
  • Asumir una regla simple: si un servicio es “gratis” y vive de publicidad hipersegmentada, paga con datos y atención.

El punto ciego de 2026: normalizar lo anormal

Las redes sociales no van a desaparecer mañana. Pero sí puede cambiar la forma en que se evalúan: menos como “plazas públicas” neutrales y más como lo que ya son en la práctica: productos de consumo masivo con un modelo de negocio basado en datos.

El juicio en Estados Unidos es una señal de época, pero el problema no se resolverá solo en tribunales. La pregunta de fondo es si la sociedad acepta seguir pagando el coste —en privacidad, atención y salud mental— o si empieza a exigir algo distinto: servicios que conecten sin vigilar y que entretengan sin exprimir.

Fuente: Redes Sociales

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