El Centro de Supercomputación de Galicia (CESGA) ha firmado un acuerdo con IQM Quantum Computers y Telefónica para incorporar dos sistemas de computación cuántica “on-premises” que, si se cumplen los plazos anunciados, estarán entregados e instalados antes de junio de 2026. El paquete incluye un equipo IQM Radiance de 54 qubits y un IQM Spark de 5 qubits, una combinación pensada para unir dos mundos que hasta ahora han convivido más en presentaciones que en producción: la supercomputación clásica (HPC) y la computación cuántica.
La operación no es solo un “hito” para el ecosistema gallego: sería la primera instalación de sistemas cuánticos de IQM en España, según la propia compañía. Y, además, llega en un momento en el que CESGA está preparando el terreno para su siguiente gran salto en capacidad de cómputo con Finisterrae IV, un superordenador orientado a cargas de trabajo de IA y computación avanzada.
Por qué un sistema de 54 qubits importa (y por qué no lo es todo)
Hablar de “54 qubits” suena, para el público general, como hablar de “54 núcleos” en una CPU. Pero en cuántica el número por sí solo no cuenta la historia completa: influyen el tipo de tecnología, la estabilidad, la fidelidad de las puertas, el ruido y el software disponible. Aun así, un sistema de ese tamaño se mueve en una frontera práctica: suficiente para experimentación avanzada, pruebas con algoritmos y, sobre todo, para empezar a explorar flujos híbridos en los que la parte cuántica se utiliza como acelerador para tareas muy específicas (optimización, simulación, ciertos problemas combinatorios), mientras el grueso del cálculo sigue corriendo en HPC.
En esa lógica encaja el segundo equipo del acuerdo: el IQM Spark de 5 qubits se plantea como una plataforma para formación, desarrollo de habilidades y experimentación más directa (incluido trabajo a bajo nivel), algo clave si el objetivo es crear comunidad técnica y no limitarse a “tener la máquina”.
El objetivo real: computación híbrida dentro de un entorno HPC
El anuncio insiste en una idea: no se trata de colocar un ordenador cuántico “al lado” de un superordenador, sino de integrarlo en un entorno HPC real. En la práctica, eso implica orquestación, colas de trabajos, control de acceso, métricas, observabilidad, y una capa de software capaz de decidir qué parte del problema se deriva al QPU y cuándo conviene hacerlo.
Según el planteamiento divulgado, el IQM Radiance se desplegaría para operar junto a Finisterrae IV, que CESGA prevé como una nueva plataforma de referencia para cargas de IA y computación científica en su infraestructura.
Aquí es donde entra Telefónica. La operadora aparece como socio para acercar estas capacidades a usos de investigación y empresa, con un mensaje alineado con su estrategia de infraestructura digital: la cuántica como “pilar” futuro y, sobre todo, como un componente que debe poder consumirse con garantías de acceso, seguridad y operación.
Galicia quiere estar en la carrera cuántica europea
El movimiento también encaja con el relato institucional del Galicia Quantum Technologies Hub, que sitúa como objetivo convertir a Galicia en un referente en tecnologías cuánticas hacia 2030 y defiende una aproximación pragmática: convivir con varias alternativas tecnológicas (sin apostar todo a un único enfoque) porque el sector evoluciona rápido y aún no hay “ganador” definitivo.
En otras palabras: el acuerdo no solo compra hardware; compra tiempo de aprendizaje. Y eso es, quizá, lo más valioso en una disciplina donde la ventaja competitiva no llega por “tener la máquina”, sino por saber qué problemas merece la pena llevar a ella, cómo integrarla en pipelines reales y cómo medir si aporta valor frente a técnicas clásicas muy optimizadas.
Lo difícil empieza después de la foto
Aun con el acuerdo firmado, el verdadero examen se jugará en tres frentes:
- Integración operativa: que el QPU no sea un “laboratorio aislado”, sino un recurso con gestión, soporte y ciclo de vida parecido al de un clúster HPC (aunque con requisitos físicos mucho más exigentes).
- Casos de uso con retorno: identificar cargas donde el enfoque híbrido tenga sentido y construir un catálogo mínimo de “problemas candidatos”.
- Talento y ecosistema: formación, herramientas, colaboración con universidades y empresas, y capacidad para mantener proyectos más allá del primer año de entusiasmo.
La lectura de fondo es clara: España —y, en este caso, Galicia— intenta reducir la distancia entre el discurso sobre “tecnologías de próxima generación” y la realidad de infraestructura operable. Si el despliegue se materializa en 2026 y se integra con Finisterrae IV como se plantea, CESGA no solo sumará capacidad: ganará un banco de pruebas para la próxima etapa, donde la computación ya no compite por ser “clásica o cuántica”, sino por ser combinada.