La idea de que la próxima década estará marcada por la Inteligencia Artificial suele contarse en clave de software, modelos y servicios digitales. Pero un análisis que circula en redes y que atribuye a BlackRock una tesis central apunta justo en la dirección contraria: el verdadero motor no sería una única tecnología, sino una ola de inversión multitrillonaria en infraestructuras que reescribe, por puro peso físico, el ciclo económico.
En ese planteamiento, tres fuerzas estarían empujando al mismo tiempo: urbanización masiva, reordenación del comercio global y explosión de la demanda energética ligada a la IA. No como fenómenos aislados, sino como una convergencia que obliga a construir a la vez lo viejo que se cae y lo nuevo que aún no existe.
Dos obras en paralelo: reparar el siglo XX y levantar el siglo XXI
La tesis parte de una fotografía incómoda para las economías avanzadas. Por un lado, el mundo desarrollado arrastra infraestructuras físicas envejecidas: redes eléctricas, puentes, sistemas de agua o transporte que, en muchos casos, fueron diseñados a mediados del siglo pasado y hoy rozan el final de su vida útil. La modernización no es opcional: es mantenimiento preventivo a escala país.
Por otro lado, la economía digital no solo “consume” infraestructura: la exige desde cero. Centros de datos, capacidad eléctrica adicional, redes de comunicaciones, logística energética y sistemas preparados para sostener una actividad cada vez más intensiva en cómputo. En el relato, el siglo XXI se parece menos a una actualización de software y más a una ampliación de obra.
Ahí aparece el punto de fricción: cuando ambas necesidades coinciden, el mundo no solo compite por talento y capital, también compite por permisos, transformadores, subestaciones, cableado, materiales y mano de obra cualificada. En otras palabras: por aquello que no se escala con un clic.
Urbanización: cuando las ciudades dejan de absorber sin romperse
El análisis citado introduce un dato que busca cambiar la “escala mental” del debate: de aquí a 2050, casi 7.000 millones de personas vivirán en ciudades. En esa lectura, no es solo una cifra demográfica; es presión directa sobre sistemas urbanos ya saturados.
Más población urbana significa más demanda de vivienda, transporte, agua y energía. Y también más dependencia de redes resilientes: si el crecimiento se concentra en áreas metropolitanas, cualquier fallo se vuelve sistémico. Por eso, la urbanización no se plantea como una tendencia social, sino como un multiplicador de inversión en infraestructura básica.
Comercio global: del discurso al movimiento del nearshoring
La segunda fuerza es la reordenación del comercio global. En el argumento, el nearshoring deja de ser un concepto de presentación para convertirse en acción: grandes fabricantes planean producir más cerca de sus mercados finales. Eso exige nuevas fábricas, logística, energía y materias primas, además de cadenas de suministro menos frágiles.
El matiz importante es que fabricar “más cerca” no abarata automáticamente: requiere invertir antes. Y esa inversión suele ser física y lenta. A diferencia de otros ciclos, donde la expansión se medía en licencias y servicios, aquí se mide en suelo industrial, conexiones eléctricas y capacidad instalada.
La IA como acelerador: el problema no es solo la GPU, es la red
El tercer vector, y el más mediático, es la Inteligencia Artificial. El texto atribuido a BlackRock plantea que la demanda de capacidad de centros de datos podría multiplicarse por 3,5 entre 2025 y 2030, y que ese crecimiento chocaría con una red eléctrica que no está preparada para absorber el salto.
Ese es el giro conceptual que se repite en la tesis: la IA no sería un fenómeno “asset light”. No solo requiere inversión: requiere infraestructura real y tiempos largos. Los cuellos de botella no están únicamente en la innovación, sino en lo físico: permisos, energía, redes, equipamiento y personal cualificado. Y cuando el límite es físico, el valor tiende a concentrarse en quienes pueden construir, operar y conectar.
En ese marco, el debate deja de ser “quién tiene el mejor modelo” para convertirse en “quién tiene acceso a potencia, suelo, interconexión y capacidad de ejecución”. La IA, en esta lectura, se parece más a una industria pesada de nueva generación que a una ola puramente digital.
“El próximo gran ciclo no se gana con múltiplos infinitos”
La conclusión, formulada en términos casi provocadores, es que el próximo ciclo no se ganaría con “software barato” ni con narrativas de crecimiento sin fricción. Se ganaría con hormigón, cobre, electricidad y capacidad instalada.
El mensaje no niega la importancia de la tecnología; la aterriza. Sugiere que el poder económico del futuro podría desplazarse —o al menos repartirse de otra manera— hacia quienes controlan los activos físicos que hacen posible la computación a escala: infraestructura energética, redes, centros de datos y todo lo que convierte una promesa digital en un servicio operable.
Con esa perspectiva, la pregunta de fondo no es si habrá inversión en infraestructuras, sino quién llegará antes a los cuellos de botella y quién tendrá la capacidad de atravesarlos. Porque, si la infraestructura determina el ritmo, la velocidad deja de ser una ventaja de software y pasa a ser una ventaja de ejecución.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa que la IA no es un fenómeno “asset light”?
Que su despliegue depende de activos físicos: centros de datos, potencia eléctrica, redes, refrigeración y permisos. No basta con talento y software; hace falta capacidad instalada.
¿Por qué la red eléctrica se convierte en un cuello de botella para los data centers?
Porque el crecimiento de la demanda puede superar la capacidad disponible y los plazos de ampliación. Conectar potencia no es inmediato: requiere obras, equipamiento y autorizaciones.
¿Cómo afecta el nearshoring a la inversión en infraestructuras?
Si la producción se acerca a los mercados finales, hay que construir nuevas fábricas, logística y suministro energético. Es una reorganización que exige CAPEX y planificación a largo plazo.
¿Qué sectores suelen beneficiarse en un “superciclo” de infraestructuras?
En términos generales, aquellos vinculados a capacidad instalada y obra física: energía, redes, materiales críticos, construcción especializada y operadores de infraestructura digital, como centros de datos y conectividad.
vía: Hector Chamizo